Filogenética: la vida como relación
Rostros, puntos blancos y colores complementarios: una genealogía humana imaginada.
Imagen no disponibleEn Filogenética, rostros emergen entre colores complementarios y un eje de puntos blancos. La composición propone una dualidad: instinto y memoria, lo masculino y lo femenino, como partes de una misma historia humana.
Rostros que atraviesan edades
En unos rostros se adivina una evolución: de lo embrionario a una niña y, después, a una figura adulta. En el contrapunto aparecen formas que evocan lo animal, lo instintivo y los engranajes que sostienen una herencia.
Los colores complementarios marcan la tensión entre ambas miradas. Los puntos blancos que atraviesan la composición parecen unirlas, como si cada rostro surgiera del anterior y anunciara el siguiente.
El sello de Adán y la Eva mitocondrial
Uno de los polos evoca el sello de Adán: el linaje paterno asociado al cromosoma Y, transmitido de padres a hijos varones. En el otro aparece la Eva mitocondrial, imagen de la línea materna: el ADN mitocondrial que cada madre transmite a sus hijas e hijos.
Estas referencias genéticas se convierten en lenguaje pictórico. Más que representar un árbol genealógico, el cuadro invita a imaginar una ascendencia compartida, una memoria de la especie que existe antes de cada biografía.
Lo que el otro refleja
La relación no termina en el origen. Filogenética también habla de la proyección: lo que admiramos en otra persona puede señalar una posibilidad propia; lo que nos incomoda puede invitarnos a mirar aquello que aún necesita transformarse.
La obra pregunta qué compartimos con quienes contemplamos. En el otro puede aparecer una parte de nosotros mismos, reconocible o desconocida, querida o difícil de aceptar.